¿Y si Colón no descubrió América? ¿Y si Cortés no conquistó un imperio él solito? ¿Y si la historia del Imperio español no fue tan épica ni tan civilizadora como nos la han pintado desde pequeños?
Este artículo desmonta 10 de los mitos más comunes sobre la conquista y la colonización de América. Desde la supuesta venta de joyas de Isabel la Católica hasta la idea de que los pueblos indígenas eran caníbales o no tenían escritura, aquí contrastamos el mito con la realidad para saber qué fue lo que realmente ocurrió según la historiografía actual.
Prepárate para cuestionar lo que te contaron en clase… y descubrir una historia mucho más compleja, matizada e interesante.
Sigue leyendo para descubrir los mitos históricos que, hoy en día, mucha gente aún cree…
Después de que media Europa le dijera que no, el genovés Cristóbal Colón acabó en la corte de los Reyes Católicos con su famosa propuesta de zarpar hacia “Las Indias”. Según la leyenda, doña Isabel quedó tan cautivada que empeñó sus joyas personales para pagarle el viaje. Muy bonito. Muy épico. Muy falso.
Como recuerda la historiadora y americanista española Consuelo Varela, miembro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) del Gobierno español y autora de estudios fundamentales sobre Colón: “La reina no podía pignorar sus joyas porque hacía tiempo que las tenía empeñadas a los jurados de Valencia como garantía de un préstamo para financiar la guerra de Granada”.
La historia la inventó Hernando Colón, hijo del Almirante, y luego el cronista fray Bartolomé de las Casas la repitió encantado en su Historia general de Las Indias. Pero la realidad, como veremos, fue mucho más práctica… y mucho menos novelesca.
La financiación del viaje fue mucho más práctica —y menos épica— de lo que suele contarse. Varela afirma que costó unos 1,1 millones de maravedís, una cifra importante pero perfectamente asumible por la Corona española. El dinero no salió de ninguna alhaja real, sino de la Hacienda castellana y de un préstamo sin intereses del tesorero Luis de Santángel, gran defensor del proyecto y amigo de Colón.
Los cronistas de la época tampoco se pusieron de acuerdo sobre quién apoyó más a Colón. Mientras los relatos castellanos hablaban de ambos monarcas, las fuentes catalanas e italianas destacaban a don Fernando. Zurita, primer cronista oficial del Reino de Aragón, ni siquiera mencionó a Isabel. El humanista Pedro Mártir de Anglería, testigo directo, escribió que fue Colón quien “propuso y persuadió a Fernando e Isabel”.
Y el cronista López de Gómara, comparando versiones, lanzó su propia teoría: “Sospecho que la reina favoreció más que el rey el descubrimiento de las Indias; y también porque no consentía pasar a ellas sino a castellanos”. Una suposición, no una prueba.
En resumen: ni joyas ni milagros. Fue una decisión política, con cálculos económicos y bastante pragmatismo.
Imagina la escena: Cristóbal Colón se arma de valor, se prepara para zarpar hacia lo desconocido... y, según la versión más clásica, tenía que enfrentarse a gente que creía que, si se alejaba un poco, ¡caería del borde del mundo! Esa es la narrativa que nos enseñaron: un marinero valiente que desafiaba fantasmas geográficos.
Pero la realidad era otra: ningún erudito serio del siglo XV pensaba que la Tierra era plana. Esa idea romántica —de un pobre hombre contra una Europa oscura— se forjó mucho después. Lo que hoy se cuenta como una gesta contra la ignorancia es, en realidad, una reinterpretación del siglo XIX. El historiador Jeffrey Burton Russell lo deja claro en su libro El mito de la Tierra plana: “Ningún medievalista serio piensa hoy que los intelectuales de la Edad Media creían que la Tierra era plana”.
La historia es más sencilla, pero igual de fascinante. En el siglo III a. C., Eratóstenes ya había calculado la circunferencia terrestre midiendo la sombra proyectada en dos puntos diferentes del planeta, una idea que aún hoy se celebra como uno de los grandes logros científicos de la Antigüedad.
Más de mil años después, el manual universitario medieval por excelencia, De sphaera mundi (c.1230), explicaba la redondez de la Tierra con ejemplos visuales como el mástil de un barco que desaparecía en el horizonte conforme se alejaba de quien lo miraba.
En el siglo XV, el debate no era si la Tierra era redonda, sino cuánto océano había que cruzar para llegar a Asia navegando hacia el oeste. El error fue de Colón: subestimó esa distancia. Si América no se hubiera interpuesto, su tripulación probablemente habría muerto de hambre o sed.
El mito moderno nació en el siglo XIX, cuando biógrafos románticos como Washington Irving retrataron a Colón como un mártir de la ciencia enfrentado la ignorancia medieval. Pero ni entonces ni antes: la creencia en una Tierra plana es una falacia moderna, no un hecho medieval.
Mucho antes de que Colón llegara al Caribe, el explorador nórdico Leif Erikson había desembarcado en lo que hoy es Canadá, según relatan las antiguas sagas nórdicas. Durante siglos se pensó que era solo una leyenda… Hasta que en los años 60 se encontraron los restos de un asentamiento vikingo en L’Anse aux Meadows, en la isla de Terranova.
Y Colón ni siquiera pisó tierra firme en ese primer viaje. Visitó las Bahamas, Cuba y La Española, pero no fue hasta su tercer viaje, en 1498, cuando llegó por fin al continente americano, concretamente al delta del Orinoco, en lo que hoy es Venezuela. Como explica el historiador británico Matthew Restall en su icónico libro, Siete mitos de la conquista española, este tipo de detalles suelen pasarse por alto en los relatos escolares más convencionales.
Un estudio publicado en la Smithsonian Magazine —la revista oficial del Instituto Smithsoniano, uno de los centros científicos y museísticos más prestigiosos de EE.UU.— confirmó mediante una técnica de datación basada en los anillos de árboles que los vikingos ya estaban en América en el año 1021. Es decir: llegaron casi cinco siglos antes que Colón.
Más allá de las fechas, el filósofo argentino Enrique Dussel propone que hablar de “descubrimiento” es en realidad una forma de encubrimiento: un relato que borra la existencia y la historia de los pueblos originarios, como si América comenzara a existir el día que Europa la nombró. Una narrativa conveniente, pero profundamente equivocada.
Ya hablamos de Colón, pero según la historia oficial, los hombres que cruzaron el océano en el siglo XV rumbo al “Nuevo Mundo” eran igualmente extraordinarios: valientes, visionarios y profundamente respetados. Cortés, Pizarro y compañía aparecen como héroes casi mitológicos, protagonistas de una épica civilizadora. Muchos libros de texto, estatuas y nombres de calles han contribuido a reforzar esta imagen.
Pero este mito no nació de los hechos, sino de los despachos reales. A partir del siglo XVI, cronistas como Francisco López de Gómara, Gonzalo Fernández de Oviedo o incluso Hernando Colón escribieron relatos pensados para glorificar la conquista y justificarla ante la Corona. Como explica el grupo de historiadores e investigadores del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en el libro Chimalpáhin y La conquista de México (2021), la retórica de Gómara exaltaba deliberadamente a Cortés, comparándolo con figuras como Alejandro Magno, para convertir una sangrienta invasión en una gesta heroica.
El resultado fue una versión glorificada que se enseñó durante siglos en las escuelas… aunque la realidad fuera mucho más turbia.
Una de las historias más repetidas es que Hernán Cortés y sus 500 soldados (como afirma la Enciclopedia Británica) vencieron a un imperio milenario con poco más que valentía, estrategia y acero toledano. ¿La clave? Su autosuficiencia, según la leyenda: hablaban con los mexicas sin intérpretes, no necesitaban ayuda y lo hicieron todo solos. Pero… ¿de dónde viene esta imagen tan pulida?
Buena parte del mito proviene de cómo se escribió la historia. En sus Cartas de relación, Cortés omite sistemáticamente la figura de sus intérpretes, como la famosa Malinche, lo que da la impresión de que entendía y negociaba directamente con los pueblos originarios.
Como señala el historiador Restall en Siete mitos de la conquista española, ese silencio narrativo fue decisivo para construir la imagen del conquistador autosuficiente y genial y para ocultar el papel de quienes, en realidad, hicieron posible la conquista.
Veamos quiénes fueron…
Sí, los españoles llegaron con caballos, perros de guerra y arcabuces (aunque más bien pocos). Y sí, eso impresionó al principio. Pero el Imperio mexica no cayó por asombro, ni por tecnología.
Como narra el historiador Restall, lo que realmente marcó la diferencia fueron los aliados indígenas: tlaxcaltecas, totonacas, texcocanos… pueblos que conocían el terreno, hablaban las lenguas y tenían cuentas pendientes con los mexicas. En el asedio final a Tenochtitlán, Cortés apenas tenía 1.000 españoles… pero más de 200.000 aliados locales.
Y mientras tanto, la viruela hacía estragos. La enfermedad, traída por los europeos, mató a miles, debilitó ejércitos y dejó al Imperio azteca sin capacidad de respuesta. Todo eso, sumado a rebeliones internas y tensiones políticas, convirtió la conquista en algo muy distinto a lo que cuentan en las escuelas.
No fue magia ni genio militar. Fue una tormenta perfecta.
Imagina que estás en tu casa, en las Bahamas, y los españoles llegan brillando con sus armaduras, montados en bestias desconocidas, blandiendo armas ruidosas, mostrando espejos… y los pueblos originarios, claro, caen de rodillas, convencidos de que han llegado los dioses. Más aún: según el mito, los mexicas creían que Cortés era el mismísimo Quetzalcóatl —dios del viento, el conocimiento y la civilización— que regresaba del exilio.
Esta versión, tan cinematográfica como condescendiente, se ha repetido durante siglos. Y viene, en gran parte, de los propios conquistadores y sus cronistas: Cortés, fray Francisco de Aguilar, Sahagún… todos encantados de contar que fueron recibidos como divinidades. Suena mejor que decir: “Invadimos con aliados locales, usamos la fuerza y aprovechamos una guerra interna”.
Pero como explica la historiadora Camilla Townsend, no hay ninguna fuente indígena coetánea que diga que vieran a Cortés como un dios. Y como añade Restall, ese mito fue una excusa ideal: si te entregan un imperio por adoración, la historia queda mucho más limpia que si lo haces a golpe de pólvora y viruela, ¿no?
Los mexicas no creían que los españoles fueran dioses, ni confundieron a Cortés con Quetzalcóatl. Pronto quedó claro que los recién llegados eran humanos, exigentes y peligrosos.
¿Y entonces por qué se unieron algunos pueblos a los conquistadores? Por estrategia política. Varios grupos llevaban años en conflicto con el Imperio mexica, y vieron en los españoles una forma de inclinar la balanza. No fue sumisión, fue cálculo. Y, en el peor de los casos, coacción.
Y si de sumisión hablamos, mejor recordar el Requerimiento: un documento que los conquistadores debían leer en voz alta —en castellano, por supuesto— ante los pueblos indígenas. En él se les informaba que, por voluntad divina y papal, debían aceptar a los Reyes Católicos y el cristianismo o enfrentarse a la guerra, la esclavitud o la muerte.
El texto, escrito en español del siglo XV-XVI, lo decía sin rodeos:
“Si no lo hiciereis en ello dilación maliciosamente pusieres, os certifico que con la ayuda de Dios entrare poderosamente contra vosotros y os haré guerra por todas partes y maneras que tuviere… y tomaré a vuestras personas y alas de vuestras mujeres e hija y a los haré esclavos y como tales los venderé y dispondré de ellos como su Alteza mandare, y os tomare vuestros bienes, y os haré todos los males y daños que pudiere como vasallos que no obedecen...”.
No es misticismo. Es un ultimátum.
Todo empezó con una palabra mal entendida. Cuando Colón llegó al Caribe en 1492, escuchó a los taínos hablar de los “caribes”, unas figuras míticas de su cosmovisión. Pero en lugar de entender que eran personajes de leyenda, decidió que hablaban de enemigos reales y peligrosos. En su Diario de la primera navegación, escribió que tenían “un solo ojo”, “hocico de perro” y que “comían carne humana”, imágenes que, como han señalado varios historiadores, se parecen más a los monstruos de las viejas crónicas de viaje europeas que a las descripciones reales que le dieron, quizás, por la barrera del lenguaje.
Colón empezó a usar sin distinción los términos “caribes”, “caniba“ y “caníbales” en su diario y, con ello, dio nombre a uno de los mitos coloniales más persistentes. Según la profesora de estudios indígenas Leah Stewart, de la Universidad de York, con esta invención lingüística “construyó la imagen de un mundo que no existía y, con ella, justificó su invasión”.
Así nació el caníbal americano: un enemigo feroz, salvaje y devorador de carne humana...
La palabra “caníbal” no existía en Europa antes de 1492. Pero el Almirante no solo trajo un nuevo término: trajo toda una idea. A partir de lo que creyó (o quiso creer) que decían los taínos, empezó a hablar de pueblos que comían carne humana. Primero los describió como súbditos del Gran Can, pues creía haber llegado a Oriente, y luego como salvajes devoradores. La contradicción era evidente, pero el daño estaba hecho.
Lo que sí importaba era el uso político de esa etiqueta. La Corona española incluso emitió una orden en 1503 que permitía capturar y esclavizar a “caníbales”, con el argumento de que eran inhumanos y necesitaban redención.
Y sí que algunas culturas mesoamericanas practicaban sacrificios humanos —y en ciertos casos, consumían la carne como parte de rituales muy específicos—. Pero estas prácticas fueron limitadas, ceremoniales y de contexto cultural, no genocidios cotidianos.
Y, sin embargo, no hay pruebas arqueológicas sólidas de que existiera canibalismo generalizado en el Caribe. Como escribió el antropólogo William Arens en The Man-Eating Myth, la idea del “salvaje que devora carne humana” dice más sobre los conquistadores que sobre los conquistados.
Según la imagen que muchos recibimos en la escuela —y que aún persiste en películas y hasta en los mapas turísticos—, los pueblos originarios de América eran tribus dispersas, vestidas con taparrabos, que vivían en chozas de barro sin más herramientas que flechas y lanzas. Y como “no tenían escritura”, se los consideraba pueblos sin historia.
Pero esa visión no resiste un paseo por Tenochtitlán. Según el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, cuando Hernán Cortés llegó a la capital mexica en 1519 (como se ve en su ilustración), encontró una ciudad con calles rectas, canales navegables, mercados organizados y más de 200.000 habitantes: una metrópoli más grande que Sevilla o Londres en aquel entonces.
Y no era un caso aislado. Como explica el historiador Charles C. Mann en 1491, gran parte de Mesoamérica estaba densamente urbanizada, con sistemas agrícolas avanzados, mercados y autoridades centrales.
En palabras del propio Cortés en sus Cartas de relación, Tenochtitlán era “tan grande como Sevilla o Córdoba” y su mercado central, el de Tlatelolco, reunía a más de 60.000 personas a diario. Las crónicas españolas no disimulaban el asombro ante su arquitectura, higiene urbana y estructura social.
Lejos de ser pueblos “sin historia”, varias culturas mesoamericanas desarrollaron sistemas de escritura propios. Los mayas, por ejemplo, utilizaron un complejo sistema logosilábico —combinando símbolos fonéticos con logogramas— que, como demostró la epigrafista Linda Schele, les permitía escribir textos históricos, calendáricos y religiosos tan ricos como cualquier códice egipcio. Los más famosos de estos códices prehispánicos son el de Dresde (en la imagen), el de Madrid y el Fejérváry-Mayer.
¿Qué ocurrió entonces con esos libros? Muchos fueron destruidos. Como recuerda Matthew Restall en Siete mitos de la conquista española, la quema sistemática de códices por parte de conquistadores y evangelizadores —como el propio fray Diego de Landa en Yucatán— contribuyó a borrar pruebas de estas culturas letradas, alimentando así el mito de que nunca existieron.
Una idea muy extendida, sobre todo en relatos tradicionales, es que España, a diferencia de otras potencias como Inglaterra o Portugal, trató con mayor humanidad a los pueblos originarios de América. Según este relato, las Leyes de Indias protegían a los nativos, la Iglesia los defendía y la esclavitud fue cosa de otros imperios.
La imagen de una colonización “benevolente” tiene raíces antiguas. En el imaginario colectivo, circula la idea de que la Corona española fue más humanitaria. Se suele invocar a figuras como fray Bartolomé de las Casas o a las Leyes Nuevas de 1542 para defender que España prohibió la esclavitud indígena. Sin embargo, esa imagen choca con los testimonios históricos y con la práctica sistemática del trabajo forzado, la servidumbre hereditaria y el comercio de personas esclavizadas desde los primeros años de la conquista.
Según el historiador Lewis Hanke en La lucha por la justicia en la conquista de América, la Corona española sí emitió leyes que buscaban limitar los abusos, pero nunca dejó de autorizar que los indígenas pudieran ser mano de obra forzada en distintas formas: encomiendas, repartimientos, mitas o esclavitud legal. Estas disposiciones, en teoría, buscaban “salvaguardar” jurídicamente a los indígenas como súbditos del Rey.
Pero ¿realmente hubo más protección?
Es cierto que España fue el primer imperio en legislar sobre los derechos de los pueblos indígenas, como lo muestran las Leyes de Burgos (1512) o las Nuevas Leyes de Indias (1542). Sin embargo, como subraya el historiador Bartolomé Yun-Casalilla (también del CSIC), estas leyes “se aplicaban solo parcialmente y en contextos muy limitados”. Es decir: existían, pero no siempre se cumplían.
La esclavitud indígena fue una práctica extendida en los primeros años, especialmente en el Caribe. El propio Cristóbal Colón pidió y organizó el envío de cientos de indígenas como personas esclavizadas a Europa, como consta en sus cartas y diarios. Y aunque oficialmente se prohibió su esclavización, en la práctica se mantuvo a través de sistemas como la encomienda o el repartimiento, que imponían trabajo forzado en minas, campos y obrajes.
En palabras del antropólogo Patrick Wolfe, “la colonización no fue un evento, sino una estructura”. Y esa estructura —aunque disfrazada de protección— se tradujo, lamentablemente, en millones de muertes por trabajo forzado, enfermedad y violencia sistémica.
Según lo que nos contaron en la escuela, con las independencias del siglo XIX los pueblos de América se liberaron del dominio colonial y comenzaron a escribir su propia historia. Fin del colonialismo, ¿no?
Pero la realidad se percibe un poco menos en blanco y negro. Si bien las guerras lograron expulsar a la Corona española, muchas de las estructuras coloniales —como el racismo, la desigualdad, el control de las tierras y la exclusión política— permanecieron intactas. Los nuevos líderes eran, en su mayoría, criollos: hijos de españoles nacidos en América, que se consideraban distintos tanto de los peninsulares como de los pueblos originarios. Aunque lideraron las independencias, mantuvieron muchas estructuras de poder heredadas del periodo colonial con intereses muy parecidos a los de los antiguos virreyes.
Como explica el historiador y profesor de Harvard, Alejandro de la Fuente, “las repúblicas independientes no abolieron el orden colonial, lo heredaron”.
La independencia de las colonias americanas fue solo el primer paso. Aunque terminó el dominio español, la lógica colonial sobrevivió: las leyes siguieron beneficiando a las élites, los pueblos indígenas y afrodescendientes quedaron fuera del poder y la esclavitud no se abolió en muchos países hasta décadas después. En México, por ejemplo, no se abolió formalmente hasta 1829; en EE.UU., hasta 1865; y en Brasil —el caso más extremo—, hasta 1888, con la Ley Áurea. Este fue el último país del continente americano en abolirla oficialmente.
Las nuevas repúblicas copiaron buena parte del modelo colonial: se conservaron las jerarquías sociales, las desigualdades y los privilegios. La independencia significó la emancipación de una minoría, no de la sociedad completa.
Aún hoy, muchas luchas sociales en América Latina siguen cuestionando ese legado. Porque sí: terminó la colonia… pero la descolonización sigue pendiente.
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