Desde los círculos de piedra del Neolítico, pasando por la gloria de Roma y el Renacimiento, hasta las devastadoras guerras mundiales, Europa tiene una historia extraordinaria. Alejandro Magno, Einstein, Mozart, Julio César, Napoleón, Juana de Arco o María Curie: el pasado del continente está repleto de personajes y acontecimientos que han marcado el imaginario colectivo. Pero, como bien sabemos, ese imaginario no siempre es fiel a la realidad.
Haz clic o desplázate para descubrir algunos de los mitos más comunes sobre la historia de Europa...
Adaptado al español por Ana Niño, Redactora en español para loveEXPLORING
En el imaginario popular —alimentado por películas como Braveheart o series como Juego de tronos— las batallas medievales suelen mostrarse como choques salvajes entre dos masas humanas que se lanzan a gritos en una llanura abierta, hasta fundirse en una lucha brutal cuerpo a cuerpo. El resultado es un caos absoluto, con combates en todas direcciones y escenas en las que es imposible distinguir entre aliados y enemigos. Horas después, los vencedores caminan entre un sinfín de cadáveres: el enemigo ha sido arrasado.
Pero lo cierto es que, en la Alta Edad Media, las batallas campales eran poco frecuentes. La guerra se libraba sobre todo mediante asedios y, cuando ocurrían enfrentamientos directos, estos distaban mucho del caos descontrolado que solemos ver en pantalla.
Para empezar, lo más evidente: los soldados intentaban no morir. Lanzarse de frente contra una formación de picas enemigas era prácticamente firmar su sentencia. Además, romper filas era sinónimo de derrota, así que los avances eran controlados y, en un principio, solo combatían las primeras líneas. Las armaduras pesaban lo suyo y el agotamiento podía costarte la vida, así que eso de correr sin sentido por un campo fangoso no era precisamente habitual.
Y, por último, muchas películas exageran de forma absurda la escala de los enfrentamientos, especialmente en cuanto al número de muertos. La mayoría de las batallas acababan en retirada, empate o rendición, no en aniquilaciones totales. Inglaterra y Francia difícilmente habrían podido sostener la guerra de los Cien Años si sus ejércitos hubieran sido arrasados en la primera tarde.
El poeta romano Virgilio describió al pueblo romano como gens togata (“la raza que viste la toga”), y en frescos y estatuas solían representarse con esta prenda. Pero, en realidad, la toga no era de uso cotidiano: solo la llevaban ciertos ciudadanos romanos en ocasiones concretas.
Se trataba de un símbolo de estatus reservado exclusivamente a ciudadanos romanos (quedaban excluidos los extranjeros, esclavos y exiliados), y, en la práctica, era una prenda incómoda que el romano medio evitaba siempre que podía. Era calurosa, pesada, difícil de mantener limpia y costosa tanto de adquirir como de lavar: perfecta para ir al teatro… e insoportable para casi cualquier otra actividad.
Si pasearas por un callejón romano en el siglo I o II d. C., lo más probable es que vieras túnicas unisex de distintos largos y colores, taparrabos, sandalias y cinturones. Pero si te colaras en una cena de la élite romana o en una sesión del Senado, encontrarías a los altos cargos luciendo togas llamativas, de distintos colores y cortes. Los adolescentes que hoy se visten con sábanas para ir a fiestas de “toga” no están imitando al romano de a pie, sino a la alta sociedad que acudía a actos oficiales.
Como los piratas o los vaqueros, los vikingos son un clásico en las fiestas infantiles de cumpleaños. Pero, igual que los otros dos, en la vida real eran todo menos simpáticos con los niños. “Vikingo” significa literalmente “asaltante” en nórdico antiguo y se les recuerda sobre todo por sembrar el terror en las costas europeas entre los siglos IX y XI: quemaban aldeas, extorsionaban a golpe de hacha y saqueaban sin piedad.
¿Y qué pasa con los cuernos? El famoso casco con cuernos es parte clave de su atractivo duradero: un símbolo temible y reconocible que no falta en cualquier tienda de disfraces… pero que no tiene base histórica alguna.
Colocar cuernos en un casco no tiene ningún sentido práctico: añade peso innecesario, puede engancharse fácilmente en ramas o armas enemigas, y complicaría el trabajo de los herreros de la Alta Edad Media. Este cliché no apareció hasta el siglo XIX, muchos siglos después de que el último drakkar tocara tierra en una playa europea. Hasta la fecha, los arqueólogos solo han encontrado dos cascos vikingos completos (uno de ellos en la imagen) y ninguno tenía cuernos.
Este cliché poco generoso tiene dos fuentes principales. La primera es la conocida rendición de Francia ante la Alemania nazi en 1940, cuando el ejército alemán esquivó la línea Maginot y tomó París en apenas seis semanas. La segunda proviene de un episodio de Los Simpson emitido en 1995, en el que Willie, el jardinero escocés del colegio, llama a los franceses “simios rendidos comedores de queso”.
La frase se popularizó en EE.UU. a raíz del rechazo de Francia a apoyar la invasión de Irak en 2003, y fue ampliamente difundida por Jonah Goldberg, columnista del National Review, una revista estadounidense de opinión política conservadora.
Por mucho que pese a ingleses, españoles, flamencos y otros vecinos históricos de Francia, esta idea no se sostiene. Según el historiador Niall Ferguson, Francia es la potencia militar con más éxito estadístico de Europa: ha logrado 109 victorias, 10 empates y 49 derrotas, lo que supone un notable 65% de éxito en batalla. A los ingleses les gusta recordar Agincourt, Crécy y Poitiers, pero esas tres victorias se produjeron durante una guerra —la de los Cien Años— que, al final, ganó Francia. Y Napoleón suele mencionarse junto a Alejandro Magno y Julio César entre los grandes estrategas de la historia.
Incluso buena parte del vocabulario militar que usamos hoy tiene raíces francesas: términos como teniente, reconocimiento, bayoneta, camuflaje, regimiento o general son solo algunos ejemplos.
Hoy recordamos la Primera Guerra Mundial (1914-1918) como una de las mayores tragedias de la historia: un conflicto global sin precedentes que se cobró la vida de unos 16 millones de personas en cuatro años de durísimos combates. La pandemia de gripe española coincidió con el final de la guerra y, aunque las cifras varían según la fuente, probablemente causó más del triple de muertes… en menos de la mitad de tiempo.
Considerada quizás el evento natural más letal de la historia de la humanidad, la gripe española volvió a cobrar relevancia durante la pandemia de la COVID-19, cuando se difundieron imágenes centenarias de hospitales desbordados, mascarillas de gasa y carteles que pedían a la población que se lavara las manos.
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Una de las razones por las que esta pandemia es menos conocida es la estricta censura impuesta durante la guerra. Países como Reino Unido, EE.UU. o Italia limitaron cualquier noticia que pudiera afectar a la moral nacional y, en un primer momento, silenciaron los informes sobre la enfermedad.
España, que se mantuvo neutral durante la Primera Guerra Mundial, contaba con una prensa relativamente libre y sus medios informaron del brote desde el principio. Esto llevó a la falsa idea de que el virus se originó aquí. El resultado: España quedó injustamente asociada a la pandemia, solo porque sus periodistas hicieron su trabajo…
Casi toda nuestra imagen de los piratas proviene de un solo libro con más de 140 años de historia. La novela La isla del tesoro (1883), de Robert Louis Stevenson, popularizó los mapas del tesoro, las piernas de palo y los loros al hombro… elementos que no tienen base histórica. También aparece allí el famoso castigo de hacer caminar por la plancha, aunque la idea ya había sido mencionada en 1724 por Daniel Defoe, autor de Robinson Crusoe. Pero tampoco fue real.
Los castigos más comunes entre piratas eran la flagelación o el abandono en una isla —dejando al castigado con una pistola y una sola bala—. Al fin y al cabo, los piratas no tenían tiempo que perder: era más rápido y práctico arrojar a alguien directamente por la borda.
Durante la Edad de Oro de la Piratería, bucaneros como Barbanegra o el Capitán Kidd amasaron fortunas efímeras saqueando barcos mercantes en el Caribe… y más allá. Pero estos hombres, brutales y codiciosos, poco tenían que ver con los dibujos animados que vemos hoy en día.
Uno de nuestros clichés favoritos es la famosa voz pirata, aunque basta pensarlo un segundo para ver que los corsarios del siglo XVIII no surcaban los mares gritando “¡arrr!”, “¡yaargh!” o “¡gaargh!”. ¿El origen? De nuevo La isla del tesoro, esta vez en su versión cinematográfica de 1950. En ella, el actor Robert Newton (en la imagen) decidió dar a Long John Silver un acento muy marcado del suroeste de Inglaterra. Y el resto es historia… o casi.
En el mundo occidental, la imagen más extendida sobre la Segunda Guerra Mundial es la de la resistencia británica y el triunfo estadounidense. Tras la rápida rendición de Francia en 1940, la valiente Gran Bretaña (con millones de soldados procedentes de su imperio) se enfrentó sola al poderío nazi… hasta que EE.UU. entró en escena en 1941.
Sin embargo, las relaciones entre Occidente y la Unión Soviética se deterioraron tras el conflicto y, durante años, muchos escritores occidentales pasaron por alto al verdadero protagonista de la derrota alemana: Rusia.
Los datos son contundentes. Durante la mayor parte de la guerra, más de tres cuartas partes del ejército alemán estuvieron desplegadas en el frente oriental, y de los 5 millones de soldados alemanes que murieron en la contienda, 4 millones lo hicieron en el Este.
En Occidente, el Día D o Dunkerque suelen verse como momentos decisivos de la Segunda Guerra Mundial. Pero en el frente oriental, la batalla de Stalingrado (en la imagen) fue probablemente un punto de inflexión aún mayor. Hitler y Stalin enviaron innumerables divisiones a luchar por la ciudad a cualquier precio, en medio de temperaturas bajo cero. El resultado fue la batalla más sangrienta de la historia: se calcula que murieron 1,2 millones de personas, más que el total combinado de víctimas de guerra de Reino Unido y EE.UU.
Cuando Roosevelt y Churchill se reunieron con Stalin en la Conferencia de Potsdam de 1945, EE.UU. había sufrido 418.500 muertes (el 0,32% de su población), Reino Unido 450.700 (el 0,76%) … y la URSS había perdido el 14,8% de su población: alrededor de 24 millones de personas.
Desde los cruzados que marchaban hacia Tierra Santa con cruces en el pecho hasta los monjes tonsurados en sus monasterios, el cristianismo impregna la imagen popular de la Europa medieval. Fue, sin duda, la religión dominante en muchas de las grandes potencias del momento —potencias que la acabarían exportando al resto del mundo—, pero ni mucho menos fue la única fe que dio forma al continente.
Gran parte de la actual España y Portugal estuvo bajo dominio musulmán durante siglos, en lo que se conoció como Al-Ándalus. Al mismo tiempo, el paganismo persistió en el noreste europeo hasta bien entrado el siglo XIV. Y, sin embargo, el gran ausente en la narrativa suele ser el Imperio otomano, una potencia musulmana que también formó parte —y no menor— de la historia europea.
El historiador Marc David Baer describe al Imperio otomano como “muy europeo” y “la parte no reconocida de la historia que Occidente cuenta sobre sí mismo”.
Durante cinco siglos, los otomanos dominaron el sureste del continente, extendiéndose hasta Hungría y llegando a sitiar Viena en dos ocasiones. No fue hasta finales del siglo XIX cuando su poder comenzó a debilitarse, lo que permitió a naciones como Grecia, Bulgaria, Serbia o Rumanía liberarse del control imperial. Hoy en día, las mezquitas otomanas siguen presentes en Europa del Este, especialmente en países como Albania, donde el islam continúa siendo la religión mayoritaria.
Durante siglos, la estética del mármol blanco en el arte griego y romano ha sido símbolo de refinamiento y elegancia. Desde el Renacimiento, artistas y arquitectos han seguido ese modelo: desde las esculturas sensuales de Miguel Ángel hasta las columnas solemnes del Capitolio de EE.UU.
Para muchos, estas creaciones monocromáticas representan el arte en su forma más pura: elegantes, atemporales y sinceras, gracias a la aparente pureza de la piedra sin tratar.
Solo hay un detalle que suele pasarse por alto: tanto los griegos como los romanos pintaban sus monumentos con vivos colores. Sus templos y estatuas estaban originalmente decorados de forma muy elaborada, pero, aunque la piedra ha perdurado, los pigmentos desaparecieron con el tiempo, dando lugar a las versiones sin color tan comunes en épocas posteriores.
En la imagen se muestra la célebre estatua de Augusto de Prima Porta, esculpida por artistas griegos en Roma en el siglo I d. C., junto a una réplica que recrea su esquema de color original.
¿A que ya no parecen tan elegantes?
Es fácil caer en la tentación de pensar que nuestros antepasados eran ignorantes o supersticiosos. Nos hace sentir más avanzados. Pero lo cierto es que las élites intelectuales de Europa sabían desde hacía siglos que la Tierra era redonda.
El matemático griego Pitágoras ya lo defendía hacia el año 500 a. C., y Aristóteles, el célebre filósofo griego, respaldó esa idea unos 150 años más tarde. Un siglo después, otro griego, el astrónomo Eratóstenes, logró calcular la circunferencia de la Tierra… con un margen de error de apenas unos kilómetros.
En la imagen se muestra el Erdapfel, el globo terráqueo más antiguo que se conserva. Fue fabricado en Alemania en 1492 —el mismo año en que Colón llegó al continente americano—, y no incluye las Américas, ya que aún no se conocían en Europa.
Como ocurre hoy, en aquella época podían existir teorías marginales sobre la Tierra plana. Pero cualquier científico medieval que afirmara que la Tierra era un disco habría sido objeto de burla en los círculos académicos. El historiador Jeffrey Burton Russell lo resume con contundencia: “Ninguna persona culta en la historia de la civilización occidental desde el siglo III a. C. creía que la Tierra era plana.”
De Winston Churchill se decía que “movilizó el idioma inglés y lo envió a la batalla”, y muchos de sus discursos —algunos aún conservados con ruido de fondo en grabaciones de radio— siguen resultando tan impresionantes hoy como lo fueron en los años 40.
“Lucharemos contra ellos en las playas” es una de las frases más célebres de la historia, pero ni siquiera es una cita exacta. En su discurso del 4 de junio de 1940, Churchill dijo:
“Lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas; jamás nos rendiremos.”
Y ya que estamos… María Antonieta nunca dijo aquello de “que coman pasteles”; no hay pruebas de que Gandhi pronunciara “sé el cambio que quieres ver en el mundo”; y, según su familia, la reina Victoria jamás dijo “no nos divierte”.
Voltaire (en la imagen) tampoco dijo “desapruebo lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. La frase fue escrita mucho después de su muerte como un resumen de sus ideas.
Y Julio César tampoco exclamó “¿Et tu, Brute?” (“¿Tú también, Bruto?”) mientras lo apuñalaban en el 44 a. C. Esa línea es de Shakespeare y el historiador romano Suetonio le atribuye esta frase en griego: “Kaì sù, téknon” (“Tú también, hijo”).
Inmortalizado por la canción Rasputin de Boney M y como el antagonista de mirada ardiente de las exitosas películas The King's Man: La primera misión, Hellboy y Anastasia, la figura de Grigori Rasputín sigue envuelta en leyenda más de un siglo después de su muerte. Este místico campesino y curandero se convirtió en un inesperado consejero de la zarina Alexandra, esposa del último zar de Rusia, lo que escandalizó a buena parte de la sociedad en los días previos a la Revolución Rusa.
Circularon rumores sobre rituales extáticos, orgías con seguidoras y hasta una supuesta relación íntima con la emperatriz. Su creciente influencia en la corte acabó costándole la vida: fue asesinado en 1916 por nobles que, según contaron, tuvieron que envenenarlo, dispararle varias veces y arrojarlo a un lago helado para asegurarse de que moría.
La canción de Boney M se entrega por completo a las leyendas: lo describe como “el amante de la reina rusa… la mayor máquina de amor de Rusia”, y añade que “le pusieron veneno en el vino… se lo bebió todo y dijo: ‘Me siento bien’”.
Sin embargo, los historiadores coinciden en que no hay pruebas de que Rasputín tuviera una aventura con la zarina y su autopsia solo recoge un disparo a quemarropa en la cabeza.
Eso sí, la canción no se aleja del todo de la realidad: la zarina creía firmemente que Rasputín era un “sanador sagrado” capaz de curar a su hijo, el zarevich Alexéi, enfermo de hemofilia. Y las presiones para “hacer algo con ese hombre escandaloso” no dejaron de crecer conforme se extendían los rumores sobre sus excesos.
Pocas expresiones irritan más a los historiadores que el término “Edad Media”. Fue acuñado por eruditos italianos del Renacimiento —especialmente por el poeta del siglo XIV Petrarca (en la imagen)—, en una época marcada por la nostalgia por la antigua Roma.
Según esta visión, la Edad Media comenzó tras la caída del Imperio romano en el siglo V d. C., cuando Europa habría caído en manos de los “bárbaros” y la ciencia y la cultura habrían quedado paralizadas. Estos humanistas imaginaron literalmente una “edad oscura”, en la que el faro de la civilización se apagó y los europeos vagaban sin rumbo, privados de conocimiento.
No es de extrañar que los historiadores actuales desconfíen de cualquier relato que pretenda descartar entre 500 y 800 años de historia europea.
En realidad, la Alta Edad Media fue testigo del auge de la agricultura, la consolidación de una Iglesia organizada y el surgimiento de muchos de los Estados que aún existen en Europa. Mientras tanto, al otro lado del Mediterráneo, el califato abasí vivía la Edad de Oro del islam: una era de grandes avances en medicina, astronomía y matemáticas.
Y como nota final… los reyes francos de la época tenían algunos de los apodos más peculiares de la historia. A ver quién consigue mantener la compostura en la corte de Luis el Holgazán, Carlos el Simple o Pipino el Breve.
Se suele decir que la cesárea debe su nombre a Julio César, que habría nacido por esta vía porque era demasiado grande y fuerte para un parto natural. Pero el verdadero origen del término es incierto y esta historia no tiene sustento.
Aunque la cesárea es una práctica milenaria —ya mencionada en textos antiguos de griegos, egipcios, hindúes y chinos—, no se conoce ningún caso exitoso en mujeres vivas antes del siglo XVII. Julio César nació en el año 100 a. C., y sabemos que su madre, Aurelia, seguía viva cuando él invadió Britania… 45 años después.
Lo cierto es que esta historia encaja dentro de una antigua tradición de atribuir nacimientos extraordinarios a figuras heroicas y legendarias. Según algunas leyendas, un rayo golpeó el vientre de Olimpia antes de dar a luz a Alejandro Magno (en la imagen), y la madre de Gengis Kan habría quedado embarazada por un rayo de luz. También se cuenta que el matemático griego Pitágoras era hijo del dios Apolo, y que el filósofo chino semimítico Lao Zi nació ya con una larga barba canosa.
Ya en 1925, sus simpatizantes decían: “al menos hizo que los trenes funcionaran con puntualidad”. Hoy en día, sigue repitiéndose como un tópico, pese a que no es más que un ejemplo evidente de propaganda fascista.
Benito Mussolini asumió el poder en Italia en 1922 y gobernó con mano de hierro durante más de dos décadas, aliado con la Alemania de Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Cuando la derrota era inminente, su destino fue similar al de otros dictadores del siglo XX: fue ejecutado por partisanos y su cuerpo colgado en una gasolinera de Milán.
La imagen de eficiencia autoritaria —desde el ejército hasta la economía, pasando por los ferrocarriles— era clave para sostener su fachada de control total.
En realidad, Mussolini heredó una de las redes ferroviarias más eficientes de Europa, reconstruida tras la Primera Guerra Mundial por el director general de los Ferrocarriles Estatales Italianos, Cavaliere Carlo Crova. Y en todo caso, su régimen incluso empeoró su funcionamiento.
Hoy, la frase irónica “al menos hizo que los trenes funcionaran con puntualidad” se usa para insinuar que incluso lo peor puede tener algo rescatable. Pero entre la represión de las libertades civiles, los crímenes de guerra y el asesinato de opositores, ni siquiera eso puede atribuirse a la Italia de Mussolini.
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